El equipo del experimento de los marshmallows suponía encontrar una relación entre la capacidad de retrasar la gratificación y el nivel de bienestar en general.
La impaciencia no solo es cuestión de niños, a menudo los adultos optamos por obtener gratificación inmediata, aunque las consecuencias a mediano o corto plazo perjudiquen a nuestros intereses a largo plazo.
Nuestro deseo, promocionado por el sistema límbico, se enfrenta al pensamiento que defiende el neocórtex de que eso que nos tienta no es en realidad lo que mejor nos va a venir.
Fue el psicólogo Walter Mischel de la Universidad de Stanford quien, hace ya muchos años, investigó la importancia de este tipo de negociaciones internas en la infancia.
Su equipo quería descubrir el valor que tenía como indicador la capacidad de resistir la tentación de un refuerzo inmediato.
El estudio pretendía estudiar la asociación ente el control de los impulsos en la infancia como predictor de ciertos rasgos en etapas vitales posteriores.
Así, pasados unos años, se volvió a convocar a los niños del estudio, se encontró que los niños que decidieron esperar para comerse los dos marshmallows tenían un mejor desempeño académico, una mejor autoestima y seguridad en sí mismos.
La sociedad actual parece estar diseñada para la satisfacción inmediata, no resulta nada sencillo practicar la tolerancia a la frustración y ser capaz de esperar.
Además, la inmediatez también devalúa el valor de ciertos refuerzos, aumentando al mismo tiempo el malestar que podemos sentir después de obtenerlos.
