Desde pequeños nos insisten en que debemos comer de todo, nos instan a probar e incluir en nuestra dieta todo tipo de alimentos para así gozar de una mejor salud.
En la mayoría de los casos, aunque puedan surgir pequeñas dificultades, los niños terminan aceptando esta variedad sin embargo, hay un pequeño grupo para el que esto supone un desafío inabarcable, no solo en la infancia sino también en la edad adulta.
No se trata de una cuestión de tiempo ni tampoco de la forma en que los padres ofrecen el alimento, quienes la tiene, pueden llegar a la adultez sin haber apenas avanzado respecto a su variedad alimentaria.
La selectividad alimentaria es una condición que lleva a la persona a sufrir una gran aversión hacia los alimentos en función de sus características sensoriales.
Es importante mencionar que al tratarse de un rasgo genético y hereditario, no se debe a que los padres hayan hecho un mal trabajo de crianza, ni tampoco a que el niño sea caprichoso o malcriado, más bien hablamos de un instinto, de un mecanismo de defensa que se pone en marcha por la incapacidad del cerebro para procesar los estímulos.
Para poder identificar si se padece selectividad alimentaria sensorial pueden observarse los siguientes signos:
• La persona rechaza más alimentos de los que acepta
• La variedad de alimentos aceptados no se modifica
• Los alimentos deben ser siempre iguales
• Suele existir una preferencia por alimentos secos, crujientes y homogéneos
• La elevada sensibilidad no se presenta solo en relación con la comida
Generalmente, pasan la vida siendo criticados y juzgados por su conducta alimentaria y experimentan continuas presiones por parte del entorno.
En definitiva, la selectividad alimentaria sensorial es compleja y el mejor apoyo siempre será la comprensión, apesar de esto, los terapeutas pueden ofrecer pautas para favorecer la integración sensorial, ayudar al niño a tomar decisiones racionales y mejorar otras manifestaciones de la alta sensibilidad.
