Podemos definirla como un mecanismo de defensa o protección que tiene nuestro cerebro para desconectarnos de la realidad, se activa en momentos en los que la realidad supera nuestros recursos para afrontar una situación estresante.
Este fenómeno sucede, principalmente, cuando nos hemos encontrado ante situaciones traumáticas, sobre todo aquellas relacionadas con la infancia (abusos y/o negligencia en el cuidado).
Cabe señalar que todos podemos experimentar o hemos experimentado alguna vez síntomas de disociación.
Se trata de una falta de conexión emocional, es decir, el cerebro desconecta las emociones, además de manera literal: lo que ocurre es que el cerebro apaga la corteza cingulada anterior de las reacciones autonómicas de la emoción y almacenaje.
A pesar de que la disociación puede tener una función de protección, también puede convertirse en patológica cuando la persona termina viviendo alejada de la realidad como mecanismo para afrontarla.
- Amnesia disociativa
Se olvida información personal relevante o de personas importantes, normalmente relacionadas con el momento traumático.
- Trastorno de identidad disociativo
En este trastorno la persona alterna distintas identidades, las cuales pueden tener su propia historia y características.
- Despersonalización
Desconexión en la que sientes que estás fuera de tu cuerpo, como observador de lo que sucede.
- Desrealización
En este caso hablamos de sentir que la realidad está distorsionada, sientes como que no fuera real o como si estuvieras viendo una película.
Hemos de tener en cuenta que la persona tiene una historia traumática detrás y no ha tenido recursos para afrontarla, con lo cual, volver a esa experiencia le genera un estado emocional muy intenso.
