Algunas personas viven el deseo sexual como algo ajeno a sí mismas ya que hay quienes creen que es como la magia, cuando aparece no saben qué ha pasado ni cómo ha aparecido ahí, pero lo disfrutan.
El deseo sexual, especialmente el femenino, ha sido señalado y juzgado durante toda su historia y es que a las mujeres les han dicho qué, cómo, cuándo, dónde y con quién deberían sentir deseo.
Una de las soluciones que suelen intentar las personas cuando no sienten deseo es esforzarse e intentar provocarlo deliberadamente.
Cuanto más se esfuerzan por solucionar el problema, más se alejan de la solución, frustrándose y sintiéndose abatidos por ello.
Sin embargo, cuando se trata del deseo, hay quien se empeña en intentar modificarlo y manejarlo a su antojo intentando llegar a veces a unas expectativas qué poco tienen que ver con la realidad.
El deseo tampoco es algo estático, pasivo, inmóvil y totalmente ajeno a lo que la persona hace, siente o piensa ya que en el otro polo nos encontramos a quien confía en fórmulas mágicas o intervenciones divinas para que su deseo despierte.
Asomarse a conocer y mirar con curiosidad nuestro deseo, sin intentar juzgarlo ni controlarlo, es un primer paso para entender cómo funciona nuestro cuerpo.
El deseo puede referirse a la necesidad de intimidad, amor, cariño y complicidad con otra persona o, también, a la necesidad de tener relaciones sexuales consigo mismo o con otras personas.
