Lo que sucede es que el cerebro no está programado para experimentar satisfacción tantas veces como nos gustaría.
Los investigadores han descubierto que cuando nos sentimos satisfechos, dejamos de buscar mejoras y más beneficios, nos volvemos autocomplacientes y menos creativos.
La satisfacción es ese Santo Grial por el que luchamos cada día y que tan pocas veces alcanzamos.
La persona satisfecha vibra, se enciende de alegría y bienestar porque se siente bien con lo logrado o con lo que le rodea, ya que no hay ni una sola fisura por donde se cuele un defecto, la veta de la incomodidad o el frío del desasosiego.
Así, muchos podrían deducir que satisfacción y felicidad son la cara de la misma moneda sin embargo, son diferentes, aunque como primas hermanas que son, se complementan.
Podemos definir la satisfacción como esa evaluación cognitiva que hacemos al comprobar que una dimensión concreta se ajusta a nuestros deseos y expectativas.
Muchas veces situamos la atención en metas como tener un buen trabajo con altos ingresos para descubrir después que nada de esto nos hace verdaderamente felices.
El ser humano nunca se sentirá 100 % satisfecho porque necesita más incentivos para seguir avanzando y mejorando, a ello se le añade también otra característica muy nuestra, y es el sesgo de negatividad.
Lo más importante es sentirnos satisfechos con la vida que tenemos ya que a grandes rasgos, es bueno sentir que lo que somos y lo que tenemos es bueno y es suficiente.
