Llega la adolescencia de tu hijo o hija y tienes miedo de quedarte fuera de juego. Aparecen las dudas. ¿Hasta qué punto hay que mantener la supervisión paternal? ¿Cómo enfocamos el control sobre cosas suyas, como las redes sociales y otros aspectos de su vida, sin vulnerar su intimidad? ¿Podemos o debemos invadir su espacio privado? ¿Cuáles son los límites?
Espiar los móviles o las redes sociales, oír sus conversaciones, vigilar sus salidas con los amigos… ¿Es contraproducente que los padres estén supervisando continuamente lo que hacen sus hijos?
Lo que sí hay que tener claro es que, en cualquier caso, la intromisión de los padres en las redes sociales o en cualquier terreno debe ser siempre con consentimiento, no solo porque la ley ampara a los hijos en cuanto a su privacidad, sino porque debe ser fruto de la confianza y no de la imposición. Y siempre se puede recurrir a ciertas fórmulas para no perderlos de vista.
¡Acéptalo! No siempre puedes saber todo de su vida
Es cierto que por un lado existe la responsabilidad de los padres de velar por el cuidado de los hijos. Pero también lo es que hay que preservar su derecho a la intimidad. Y aún es más importante en la adolescencia. Lo ideal será buscar el equilibrio entre estas cosas, comenta Héctor Galván Flórez, director clínico de Instituto Madrid de Psicología.
No se debe olvidar que la adolescencia es una época bisagra. Es decir, los chicos y las chicas están saliendo del “túnel” de la infancia, están atravesando un cambio social y personal muy importante en su vida, están empezando a conformar su identidad y su personalidad frente a los demás y ellos mismos, y están descubriendo que tienen más responsabilidades y menos tiempo libre, por lo cual necesitan tener esa sensación de un mundo que es único de él o de ella, afirma Galván. “A esas edades, si no sienten que tienen una vida, una información, un mundo propio, pueden tener dificultades en su desarrollo”, advierte.
Asimismo, debemos tener en cuenta que siempre va haber un espacio de privacidad de algo que no conocemos que es íntimo y privado de nuestros hijos, apunta el psicólogo Roger Ballescà. Por muy pequeños que sean los niños, siempre tienen un espacio privado que, conforme va aumentando la edad, va haciéndose cada vez más grande.
“Y no tiene que ser vivido como algo problemático, si no como algo natural; la intimidad forma parte de las personas y tienen derecho igual que todos,” puntualiza el experto, que es también coordinador del Comitè d’Infància i Adolescència del Col•legi Oficial de Psicologia de Catalunya (COPC).
“Cuando un hijo ya tiene entre trece y dieciséis años va a haber cosas que no la vamos a saber y es normal”, recalca Galván. “Es sano aprender a convivir con ello sin sentirse necesariamente inseguros. Todo parte porque ese hilo de relación se hace más fino durante esta época de la vida, pero ya se volverá a fortalecer más adelante; y que se mantenga va a depender exclusivamente de que los hijos nos sientan a su lado como cuidadores incondicionales” reflexiona.
Ni mucho ni poco: ¡Supervisión equilibrada!
El control de los padres hacia los hijos siempre es muy extremo y muy exhaustivo en las primeras etapas de la vida. Por ejemplo, con un bebé en brazos, el control es casi del cien por cien. “Pero vamos cediendo espacio conforme se van haciendo adolescentes o mayores y, en ese trayecto hay que ir abandonando ciertas actitudes de control”, dice Ballescà.Lee también
¿Cómo hacerlo? “No hay pautas establecidas de hasta qué punto en cada momento”, responde el experto. “Pero nos podemos basar en algunos elementos sobre qué cosas son adecuadas para cada edad- continúa-; por ejemplo, los juegos tienen clasificaciones por edad y también el uso de redes sociales, o en otras cuestiones, como hacerse un piercing o un tatuaje, que solo están permitidos a los mayores de 18 años y los que son menores necesitan el consentimiento de los padres. Si ya la propia ley dice que necesitan del consentimiento de los padres, pues quiere decir que también pueden dar su opinión sobre eso y que pueden negarse a que lo hagan”.

Sin embargo, a la hora de aplicar la supervisión parental resulta conveniente mantener cierta sensatez. La actitud de inspección hacia los hijos es sana, pero llevada al extremo conduce a problemas importantes, tanto si es demasiado exhaustivo como si es escaso. Ambos extremos son igual de perjudiciales, avisa Ballescà. “El control de los padres a veces no es bueno o malo en sí mismo, sino en función del grado en el que se aplica”, puntualiza el psicólogo.
¿Demasiado control podría debilitar la relación con los adolescentes?
Héctor Galván coincide. Y no por el hecho de que sea más o menos control, sino por la forma del mismo. “Es decir, si al ejercerlo transmitimos sensación de desconfianza, de no creer que él o ella tengan sentido común o que sepan desenvolverse, lo que va a suceder es que los adolescentes cada vez se cierren más y se comuniquen menos con nosotros”, enfatiza Galván. La clave está en formarles como personas. Eso es lo que les va a proteger más antes los demás y ante el mundo externo, agrega.

Es más útil preguntar que indicar o imponer… ¿Qué tal te encuentras? ¿Cómo te va en el instituto? ¿Te preocupa algo?, etc. “Hay que dejar que ellos se expresen y, más importante aún, ¡no juzgarles!”, subraya Galván. “Y además- prosigue- es bueno ayudarles a que aprendan a pensar en solucionar los problemas con preguntas como: ¿Has pensado qué hacer?, ¿Cómo lo resolverías?, ¿Qué se te ocurre si pasará tal cosa?… No tanto darle, como un copia y pega, soluciones ya hechas”.
A estas edades, estos gestos les va creando una sensación de incondicionalidad y sienten un apego seguro, que sus padres van a intentar entenderles y apoyarles sin juzgarles inmediatamente de entrada, y que son personas con las que se puede compartir las cosas en momentos de preocupación, indica el especialista.
