Las palabras son elementos moleculares de nuestro lenguaje y es que dependiendo de muchas variables, pueden dejarnos una impronta emocional similar a la señal que dejan las agujas del experto tatuador sobre nuestra piel. 

Las palabras crueles que un padre puede tener hacia su hijo, este difícilmente las olvida, un insulto de nuestra pareja es una agresión psicológica y una burla de un amigo puede ser vivida como una humillación que guardemos como una marca lacerante en nuestra memoria.

A veces quien nos habla mal lo hace porque así se autorreafirma y obtiene poder sobre nosotros, otras veces porque la comunicación violenta forma parte de su registro comportamental. 

Hablarnos bien entre nosotros implica cuidar lo que se dice, seleccionar bien las palabras para poder así, construir vínculos sólidos y felices.

Estas dinámicas duelen y hasta enfadan, sin embargo, las expresiones malintencionadas hacen un daño mayor cuando vienen de alguien a quien apreciamos.

De este modo, si hay algo que esperamos de nuestros progenitores es cariño, validación y afecto, lo que damos por sentado que nos ofrecerá una pareja es amor, cuidado y ternura. 

Como podemos intuir, el ser humano no está preparado para recibir comentarios negativos de su entorno más cercano y significativo.

Estas situaciones en la que nuestros padres, parejas o amigos se burlan de nuestras capacidades son realidades lesivas y humillantes y es una experiencia capaz de limitarnos o de suscitar ira y enfado latentes que muchas veces elegimos silenciar.

Por galuvi

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