Después de una jornada agotadora, meterse en la cama y dormir plácidamente es el mayor de los placeres. Cuando no se descansa bien, el cuerpo se resiente, sobre todo el estado de ánimo. ¿Qué mecanismos consiguen que uno se despierte como nuevo o, por el contrario, hecho un desastre? Depende mucho de lo que pasa durante esas horas nocturnas. Si lo comparamos con una cadena de montaje, el organismo nunca descansa del todo, ni siquiera durante el sueño; siempre está al pie del cañón, aunque cuando dormimos hace tareas diferentes y disminuye el ritmo de actividad de algunos de sus operarios, que son los órganos.

“El dormir podría definirse como la ausencia de comportamiento, aunque este no comportamiento no es real”, sostiene Elia Gómez Merino, miembro de la Sociedad Española de Sueño, neumóloga y experta en medicina del sueño. Todos los sistemas del cuerpo realizan alguna tarea cuando cerramos los ojos, pero el elemento más importante en este aspecto es el cerebro. Como director de orquesta que es durante el día, por la noche también  se encarga de que la música siga sonando, pero a otro ritmo. “Decimos que el cerebro nunca duerme en el sentido de que nunca se apaga, aunque en el sueño pasa por distintos estados en los que lleva a cabo diferentes funciones”, puntualiza Dylan Smith, investigador del Centro de Estudios en Neurobiología del Comportamiento de la Universidad Concordia (Canadá).

El descanso se organiza en ciclos de unos noventa minutos en los que se alterna el sueño no REM (fases I, II, III y IV) y el sueño REM, como se llama a esa etapa en que movemos los ojos rápidamente (Rapid Eye Movement) bajo los párpados y soñamos. Como explica Gómez Merino, al sueño no REM se le atribuyen funciones de conservación de la energía y recuperación del sistema nervioso. Por ejemplo, la secreción de la hormona de crecimiento durante la fase III es fundamental para reparar y regenerar los tejidos. También en esta etapa determinadas hormonas aumentan la síntesis de proteínas. “Durante el sueño no REM las células cerebrales se reducen de tamaño, lo que permite que el líquido circundante limpie el cerebro por la noche sin interrumpir importantes procesos cognitivos en curso”, apunta Smith. Por su parte, durante la fase REM se ejecutan funciones cognitivas tan importantes como el aprendizaje, la fijación de los recuerdos y la regulación emocional.

Si tuviéramos que recordar todas las vivencias transcurridas a lo largo del día, necesitaríamos un cerebro de unas dimensiones descomunales. Durante la noche, el casquete pensante hace limpieza, organiza y clasifica toda esta información, y almacena lo importante. “En la mente se produce una desconexión del entorno que permite la regeneración celular y la consolidación de la memoria”, indica Diego García-Borreguero, director del Instituto de Investigaciones del Sueño, en Madrid. Un equipo de investigadores ha identificado el proceso cerebral que refuerza o debilita los recuerdos diarios mientras dormimos. El estudio, publicado en The Journal of Neuroscience, revela que el encéfalo reactiva durante el sueño redes de recuerdos relacionados entre sí. “Mediante la reactivación, el cerebro vuelve a darle peso a esa información y la codifica de nuevo. Es como cuando repasamos antes de un examen”, compara Lluís Fuentemilla, profesor de la Facultad de Psicología y del Instituto de Neurociencias de la Universidad de Barcelona (UB), y autor principal del trabajo.

Los científicos también han demostrado que en este proceso la materia gris promueve el olvido de los datos menos relevantes y menos asentados en la red de recuerdos. Es lo que se conoce como consolidación de la memoria: unas vivencias se preservan y otras se olvidan para siempre. Esta función ocurre mientras dormimos. “El sueño tiene un papel activo en la organización de los recuerdos, es decir, en su preservación”, resume Fuentemilla. El proceso se alarga durante varias noches aunque los científicos desconocen cuánto dura exactamente. Lo que sí saben es que el hipocampo es el epicentro de las memorias de nuestra vida diaria. En un estudio publicado en Current Biology con pacientes con epilepsia –cuyas neuronas del hipocampo están atrofiadas y alteradas–, Fuentemilla y su equipo de investigadores descubrieron que a quienes tenían dañados los dos hipocampos –uno en cada hemisferio cerebral– les resultaba más difícil reactivar y consolidar la información durante el sueño.

Por galuvi

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