El estigma del suicidio en nuestra cultura comienza en Grecia, donde el suicidio se consideraba un acto impío hacia los dioses y que además privaba a la comunidad de uno de sus miembros. Posteriormente, Roma recogería este legado y prohibiría taxativamente el suicidio.

Aunque las primeras comunidades cristianas toleraron en cierta manera el suicidio, la iglesia, a partir de San Agustín, lo condena expresamente considerándolo un homicidio de uno mismo y una clara violación del quinto mandamiento, “no matarás”. El suicidio es un pecado y el suicida un pecador.

En la edad media esta inquina para con los suicidas llegó a extremos atroces, arrastrando su cuerpo después de muerto, vejándolo de mil y una formas y sobre todo, negándole la sepultura.

Con el Renacimiento el peso de la idea religiosa de pecado se aligera y va abriéndose paso la noción del suicidio como una elección personal, pero siempre conectando con alteraciones psicopatológicas.

A partir del siglo XVIII el suicido se seculariza y se despenaliza definitivamente, pero queda indefectiblemente ligado a la enfermedad mental. Aunque no se considera el suicidio, en sí mismo, como una enfermedad mental, es asociado con todo tipo de patologías.

El Efecto Papágeno

Hoy tenemos datos e investigación suficiente para afirmar que hablar del suicido de forma adecuada no incrementa la posibilidad de consumación del mismo. Esto es lo que se denomina Efecto Papágeno, que debe su nombre a un personaje de “La flauta mágica” de Mozart. Papágeno, desesperanzado, planifica su suicidio, pero tres espíritus infantiles le disuaden presentándole otras alternativas a la muerte.

Más mitos sobre el suicidio

A lo largo del 2021 se ha comenzado a hablar sin tapujos del suicidio. Así, el 10 de septiembre ha sido declarado día mundial de la prevención del suicidio. Y en nuestro país ya contamos con una línea de prevención del suicidio, en el sistema público, accesible anónimamente a través del 024. Pasamos de considerarlo tema tabú y comenzamos a hablar de ello, lo cual está demostrado que provoca un gran efecto preventivo.

Otro mito sobre el suicido es considerar que afecta solo a personas que padecen trastornos o sintomatología psiquiátrica. La literatura científica ha demostrado que la conducta suicida constituye un problema complejo y multifactorial, que no se debe a una causa única, y en la que intervienen factores psicológicos, sociales, biológicos, culturales y ambientales. Lo más frecuente es que estos factores actúen acumulativamente, aumentando la vulnerabilidad de la persona ante el comportamiento suicida.

Aunque los ratios de prevalencia de distintas patologías como factores de riesgo (depresión, sobre todo) son elevados, no se puede derivar de ello que los comportamientos suicidas sean exclusivos de las personas que padecen enfermedades mentales. Dicho de otra manera, no todas las personas que se suicidan padecen una enfermedad mental, ni todos los enfermos mentales se suicidan, aunque este sea un importante factor predictor.

Citaremos para terminar otro mito del suicidio que afirma que el suicidio es hereditario, algo que suele asustar mucho a los familiares cercanos afectados. No hay estudios que avalen la existencia de un determinismo genético.

Lo que sí se puede heredar es una predisposición a padecer una enfermedad mental, véase la depresión, pero dependerá de múltiples factores ambientales que esta enfermedad pueda llegar a desarrollarse y, en su caso, no tendría necesariamente que culminar en suicidio consumado.

A modo de conclusión

Tenemos que enterrar este estigma para siempre y abrir un debate social y humano a todos los niveles y estamentos en aras de prevenir estas conductas y aliviar el sufrimiento de víctimas y familiares afectados. A más luz, menos riesgo, a más comunicación, mejor prevención.

Por galuvi

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