«Si eres sabio, eres sabio para provecho tuyo, y si escarneces, tú solo lo sufrirás», es un proverbio milenario que hace referencia al daño del escarnio no en la persona que lo recibe sino el que lo realiza.

Nunca hacer burla de nada ni de nadie era un consejo de los abuelos sabios, y es en este siglo que se ha vuelto un mandato social. La burla en escuelas, colegios y universidades era una práctica normalizada y ahora todavía ocurre, pero con la diferencia que ya existe una sanción social e institucional de por medio.

Podrá una persona abusadora ufanarse de que la víctima tendrá el daño de manera exclusiva; podrá incluso pensarse impune, pero la víctima siempre tendrá la oportunidad de sanar. En cambio el que profiere escarnio, desde la ignorancia de su propio mal, condena a su personalidad a la insanidad.

Pensemos el drama que vive la mente de una persona abusadora. ¿Qué necesidades no satisfechas tiene? ¿De reconocimiento? ¿Un problema con la autoridad? ¿Un odio no resuelto que reluce con la violencia hacia los otros?

Nuestra sociedad avanza hacia la atención del abusado, de la víctima de burlas y escarnio. Hay leyes, programas, instituciones y organizaciones que atienden a quien han sufrido de abuso.

Pero ¿qué hay de resolver el problema de fondo? ¿Qué tipo de sociedad es la nuestra que provoca que haya personas abusadoras y violenta? Y lo más importante: ¿qué hacemos para sanarlas? Sepámoslo: el daño de la burla se suma al sufrimiento que ya vive el bully.

La atención de la salud mental del abusador debe ser prioridad de las políticas públicas, y una forma de lograrlo es a partir de la armonía familiar y cohesión social. Promover el abrazo del otro, literal y metafóricamente, desde la célula básica familiar, con amor y alegría, será el mejor dique de burlas y abusos. Hagámoslo.

Por galuvi

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