Sin besos, sin abrazos, sin tomarse de las manos… en una época donde el contacto físico está prohibido y salir a cenar con velas es prácticamente un sueño inalcanzable, ¿cómo puede la gente enamorarse?
Entre el miedo y la incertidumbre que se hacen latentes en medio de la pandemia, se asoma emocionada una capacidad olvidada, la de hablarnos más y pretender menos.
Esta famosa nueva normalidad también ha contagiado -irónicamente- la forma en la que se crean sentimientos que con el paso del tiempo se han vuelto comunes, esos a los que quizá, sin darnos cuenta, el bullicio les restó importancia.
No hay coartada perfecta…
Escoger una película en el cine y hablar del desempeño del director para parecer inteligente no es una opción vigente; reservar la mejor mesa que obtenga una buena impresión tampoco es una de las cartas elegibles en la baraja de planes ideales para conquistar… ni siquiera los romances fugaces o las historias clandestinas tienen cabida en los cuartos de hotel que hoy le cierran las puertas a sus horas contadas de vida…
Entonces, ¿cómo es el amor en los tiempos del COVID 19? Acercarse es la clave… pero acercarse de verdad, no se trata de sarcasmo cínico, sino de ser valientes.
Veamos el lado positivo, las siglas “malditas” SARS-COV-2 nos abren la puerta a estar desnudos, no de cuerpo sino de alma.
¿Queríamos estar conectados? He aquí la oportunidad.
No hay pantallas de por medio, aunque el acrílico entre nosotros sea hoy lo más recomendable.
Ese virus le puso un fin intermitente a la burbuja protectora que nos da la vida social… No hay pretextos que nos protejan; se apagó música alta en un bar que nos impide hablar de nuestros miedos o aspiraciones… de nuestro pasado.
No hay tragos adormecedores en lugares públicos y transitados… No hay reuniones con mejores amigos cómplices que nos hagan quedar bien cansándose de mencionarle a ese objetivo humano que somos LA persona que no debe dejarse ir.
No hay museos que nos hagan ver cultos, parques de diversiones que evidencien que somos intrépidos, conciertos que nos hagan expertos melómanos o… no, no hay salidas fáciles.
Para enamorarse en tiempos de COVID 19, hace falta disposición.
Seamos honestos, en este ejercicio cruel y deshonesto de la selección natural también tendrán crédito los que tengan un corazón que busque darse sinceramente; aquellos que superen el pánico colectivo de la trasparencia, de darle crédito de nuevo a permitirle al otro enamorarse de ser quienes somos en realidad.
Y de nuevo…
Esa capacidad que emocionada se asoma entre el miedo y la incertidumbre, traída de vuelta por la pandemia, cobra vida y se pone más coqueta que nunca…
Compartir con aquél o con aquella nuestros miedos, nuestras aspiraciones, nuestro pasado se convierte en estos días en la mayor intimidad.
Cualquier banca o pasillo de oficina basta; la ventana de ese vecino, la salida express al parque para la “pipí” del perro, las videollamadas interminables, la tradición recuperada de las llamadas maratónicas por teléfono que esta vez, y contra lo que decían las tías, sí alargan conversaciones en distancias cortas…
No hace falta besarse, abrazarse o caminar de la mano…
Vivimos juntos el mismo momento en el que se construye la posibilidad de ser atrevidos de forma antigua pero también innovadora.
Sin barreras y al mismo tiempo con medidas “seguras” de por medio, es tiempo de abrirnos a ser conocidos y conocer… hablar, hablar, hablar… empatizar, debatir, contextualizar, comprender, armonizar…. Eso sí, siempre custodiados por esa “Susana” que se ha hecho testigo de sanidad para los idilios nacidos en 2020… porque, ¿qué amor más intenso que ese que se desea sin poder ser tocado?
Para quienes se atrevan, hoy el querer está más cerca que nunca, sin necesidad de caretas… la puerta del amor minimalista se abre y esta vez, los adornos no son necesarios.
La llama se enciende aún con metro y medio de distancia.
