Crónicas inevitables 

Cuando vivía en un municipio costero de Jalisco, tuve un novio al que le escandalizaba mi manera de besar; para él, era un acto “intimo” y si lo besaba en la calle, me decía “la gente nos ve” y la verdad es que me divertía hacerlo. 

Tuve la fortuna de crecer en una familia donde el cariño no se escatimaba, crecí viendo a mi mamá besar a mi papá no solo al despedirlo cuando se iba a trabajar o cuando llegaba; fueron muchas las veces que en la que vi cómo lo abrazaba por la espalda cuando se sentaba a comer. 

Crecí abrazando a mis hermanas, aunque las tres somos un poco hurañas. Las muestras de cariño nunca fueron un escándalo para mí.

La verdad es que no me había dado cuenta de eso; hasta que tiempo después, en la CDMX tuve una cita Bellas Artes, el chico llegó y me besó sin atajos.  Nadie se escandalizó, todos estaban ocupados en sus propios besos.

Y es que ahora entiendo que entre el trabajo, el estrés, el transporte, el tráfico, la gente y lo inevitable que es la vida; solo esperamos de ver a las personas que amamos para que nos salven con sus besos, con sus abrazos, con sus miradas. Y entonces volvemos a la batalla. 

La batalla del COVID-19 ha sido demasiado larga y costosa y por eso nos urgen los besos, para que nos salven.

Con cubrebocas o sin él, con sana distancia. Nos urge el amor, nos urge salvarnos. 

Por Lourdes Martínez

Egresada de en Ciencias de la Comunicación en la FCPyS de la UNAM, tengo diplomados en transparencia por el ITEI, el Congreso de Jalisco y la UNAM. He sido reportera y jefa de información en medios impresos en Puerto Vallarta, así como coordinadora editorial de medios digitales en la CDMX. Incursioné en la radio como co-conductora y productora de un podcats en Puerto Vallarta. Me especializo en política, elecciones, temas urbanos e historias de vida. Aficionada a la astronomía, la poesía, amor y el mezcal.