Crónicas inevitables
Cuando vivía en un municipio costero de Jalisco, tuve un novio al que le escandalizaba mi manera de besar; para él, era un acto “intimo” y si lo besaba en la calle, me decía “la gente nos ve” y la verdad es que me divertía hacerlo.
Tuve la fortuna de crecer en una familia donde el cariño no se escatimaba, crecí viendo a mi mamá besar a mi papá no solo al despedirlo cuando se iba a trabajar o cuando llegaba; fueron muchas las veces que en la que vi cómo lo abrazaba por la espalda cuando se sentaba a comer.
Crecí abrazando a mis hermanas, aunque las tres somos un poco hurañas. Las muestras de cariño nunca fueron un escándalo para mí.
La verdad es que no me había dado cuenta de eso; hasta que tiempo después, en la CDMX tuve una cita Bellas Artes, el chico llegó y me besó sin atajos. Nadie se escandalizó, todos estaban ocupados en sus propios besos.
Y es que ahora entiendo que entre el trabajo, el estrés, el transporte, el tráfico, la gente y lo inevitable que es la vida; solo esperamos de ver a las personas que amamos para que nos salven con sus besos, con sus abrazos, con sus miradas. Y entonces volvemos a la batalla.
La batalla del COVID-19 ha sido demasiado larga y costosa y por eso nos urgen los besos, para que nos salven.
Con cubrebocas o sin él, con sana distancia. Nos urge el amor, nos urge salvarnos.
