Por Deborah Buiza

Muy probablemente has leído o escuchado la frase, “si te lo tengo que pedir entonces ya no lo quiero”, frase que en el fondo refleja el deseo que tenemos de ser comprendidos y cubiertos en nuestras necesidades casi de manera mágica, sólo por el deseo del otro de complacernos o por el simple hecho de tenernos afecto. Sin embargo esto no siempre sucede, hasta el momento las bolas mágicas o la lectura de mente no es algo que tengamos dentro de nuestras herramientas o habilidades, y entonces resulta difícil saber lo que el otro necesita de nosotros si no lo pide.

Si externar lo que necesitamos para estar bien, para sentirnos queridos, aceptados, o a gusto en el lugar o en la actividad que estamos realizando, o externar aquello que nos incomoda, podría mejorar el entorno y la relación ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no aceptar que nos den lo que hemos pedido?

Aquí valdría la pena hacer la aclaración que pedir no es exigir, ni se convierte en una obligación para el otro, por lo que tendríamos que ser muy conscientes que podríamos pedir y obtener pero también podríamos pedir y no obtener, y eso no debería ser motivo de molestia o enojo, porque al final es una petición no una demanda.

Decir lo que necesitas y no necesitas de manera asertiva, amable, amorosa le permite al otro conocerte y poder hacer algo por ti para estar mejor, pero que necesita el autoconocimiento y mejorar nuestras habilidades de comunicación para poder transmitirlo.

Y no requiere una larga y gran explicación o los argumentos basados en hechos científicos, simplemente decir con el corazón lo que necesitas para sentirte o estar bien en ese lugar, en esa actividad, con esas personas, es preguntarse ¿en este momento cómo me siento? ¿habría algo que se podría hacer para sentirme mejor? Y si algo puede hacer el otro por ti, ¿cómo sería la forma más amable de solicitarlo?

De lo que trata es de sentirse cómodo en el encuentro con el otro, de hacer más disfrutable de ese momento.

Recuerdo alguna sesión con mi terapeuta en la que estaba sentada al filo del sillón, y el notando mi incomodidad me preguntó “¿estás cómoda?” en ese momento caí en la cuenta de lo incómoda que me encontraba y él me dijo “¿qué tendrías qué hacer para estar más cómoda? En ese momento acomodé los cojines y me senté lo más cómoda que pude, sin duda me encontré mejor.

Conocernos a nosotros mismos para saber cómo podríamos disfrutar más al estar en el encuentro con los otros, sobre todo con los que amamos, puede enriquecer la experiencia de maneras insospechadas.

Por Déborah Buiza

Especialista en Desarrollo Humano, con formación en la UNAM en las áreas de Ciencias de la Comunicación y Psicología, con experiencia en investigación, capacitación, psicoterapia, conducción de grupos, operación de proyectos sociales, desarrollo organizacional y clima laboral, seguimiento a programas institucionales, organización de eventos, makeup artist y mamá sin instructivo.