El autismo y la ansiedad social son dos condiciones muy diferentes, y la visión que la sociedad tiene de cada una de ellas también lo es. Sin embargo, están más relacionados de lo que parece a simple vista. Las personas con uno y otro diagnóstico pueden compartir ciertas percepciones, comportamientos y dificultades; e incluso, ambas realidades pueden coexistir.

Las dificultades sociales y de comunicación son un elemento sobresaliente y compartido que supone una importante limitación diaria. Con esta base, llegan a realizarse diagnósticos (erróneos o insuficientes) de ansiedad social en personas que realmente forman parte del espectro autista. Conocer sus similitudes y su relación puede ayudar a una comprensión mejor y la planificación de una intervención más adecuada.

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Tanto las personas con autismo como con ansiedad social experimentar dificultades a la hora de relacionarse con los demás.

El autismo y la ansiedad social: ¿están relacionados?

Para ponernos en contexto, recordemos que el autismo (en realidad, los trastornos del espectro autista o TEA) es un trastorno del neurodesarrollo que afecta principalmente a la comunicación social y al patrón de comportamientos e intereses. Existen diferentes niveles de gravedad que van de lo sutil a lo grave y que condicionan en mayor o menor medida el funcionamiento y la adaptación social de la persona.

Por su parte, la ansiedad social (o fobia social) es un trastorno de ansiedad. Este se caracteriza por un temor persistente e irracional al juicio de otras personas que lleva al individuo a evitar exponerse a cualquier situación social que implique esa posibilidad; o, en su lugar, a soportarla a costa de un gran malestar.

A pesar de las grandes diferencias entre ambos trastornos, tanto unos como otros pueden sufrir con las interacciones interpersonales diarias y ser víctimas del rechazo social. De hecho, el autismo y la ansiedad social comparten varios síntomas cruzados y manifestaciones comunes.

Síntomas cruzados entre ambas condiciones

Entre estas manifestaciones compartidas, podemos nombrar las siguientes:

  • Las personas con ambas condiciones tienen dificultades para encajar y para sentirse cómodas en las interacciones humanas. Los intercambios sociales no resultan naturales, ya que sienten que han de hacer un esfuerzo extra por amoldarse a lo que los otros esperan de ellas.
  • Hacen masking con frecuencia. Esta es una estrategia que consiste en “interpretar un papel”, “ponerse una máscara” mientras se está interactuando con otros, forzando gestos, palabras o reacciones que no nacen naturalmente. Es una forma de camuflarse y de evitar el juicio y el rechazo, pero resulta sumamente desgastante.
  • Pese a que deseen establecer relaciones sociales y compartir con otros, estos intercambios suelen generar un sufrimiento. Crean ansiedad, requieren de un esfuerzo considerable y, en muchas ocasiones, constituyen experiencias desagradables o conducen al rechazo por parte de los otros.
  • En algunos casos, esta tendencia a amoldarse a lo esperado, a “actuar” para ser aceptados y bien valorados hace que las personas desconecten de sus propias opiniones y necesidades. Tanto en la ansiedad social como en el espectro autista hay personas que han dedicado años de su vida a estudiar las interacciones humanas para poder comprenderlas y saber cómo actuar. Y esto deja poco espacio a la expresión del verdadero ser, que se niega o se oculta para complacer a quien se tiene delante.

La presencia de autismo aumenta el riesgo de padecer ansiedad social

Pero, además, se ha encontrado que las personas con autismo son más propensas a desarrollar ansiedad social que las personas neurotípicas. De hecho, se estima que un 13-40 % de los adultos con autismo muestra también una ansiedad social comórbida; esto es, que ambos diagnósticos coexisten al mismo tiempo.

Si tenemos en cuenta que hay varias características propias del TEA que contribuyen a incrementar los síntomas propios de la ansiedad social, parece incluso esperable. Por ejemplo:

  • Existen problemas de comunicación y dificultades para interpretar el lenguaje corporal que dan lugar a una capacidad limitada para socializar.
  • Las personas con TEA necesitan más tiempo para procesar la información, lo que dificulta que las interacciones sean fluidas y naturales.
  • Es frecuente que estas personas experimenten el rechazo social de forma repetida a lo largo de su vida. Por esto, pueden vivir los intercambios sociales como experiencias negativas que les llevan a verse a sí mismos como ineptos y afectan su autoestima.
  • La hipersensibilidad sensorial también juega en contra. Cuando el ambiente es demasiado estimulante (existe demasiada información sensorial que procesar en el entorno), este aumenta la ansiedad y dificulta en gran medida la capacidad comunicativa.
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Tener autismo aumenta el riesgo de experimentar ansiedad social.

La importancia del diagnóstico y la intervención

Pese a ser condiciones muy diferentes, la evolución de los cuadros puede generar confusión en el diagnóstico. Así, el conocimiento de la alta comorbilidad entre autismo y ansiedad social puede evitar que esto suceda, favoreciendo la puesta en marcha de un plan de intervención más óptimo.

Las dificultades comunicativas y el miedo al rechazo social tienen un impacto profundo en la vida de las personas, afectando a su autoestima y limitando sus posibilidades. Por ello es importante concienciar y ofrecer estrategias de afrontamiento adecuadas a cada caso.

Por galuvi

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