Es en la medida que nos conocemos que sabemos más de nosotros mismos y de las consecuencias de nuestras acciones. Esto, que es una obviedad, es la clave para resolver más de un problema en cuanto a las relaciones humanas.

No siempre se nos hace evidente con facilidad que podemos cometer actos, pequeños actos, que dañen a las personas que tenemos cerca, ya sea en la familia, en el trabajo, o simplemente cuando vivimos nuestro cotidiano.

La agresión o la poca tolerancia a las diferencias nos acompaña

Así fuimos formados muchos de nosotros, mayormente en círculos estrictos en los que valía aquello que nos cohesionaba y lo que aceptábamos sin cuestionar demasiado. Como nos unía, eso era válido, lo demás quedaba por fuera siendo no familiar y no reconocido.

Hoy intentamos cambiar y dirigirnos a crear un ambiente más amplio e inclusivo. Es importante adaptarnos a un mundo en donde hay o debería haber lugar para que cada quien pueda expresarse recibiendo tolerancia y aceptación, que no es lo mismo que decir adhesión.

Esto depende de que cada uno sea responsable de sus propias acciones, y es allí donde se juega el conocimiento y la educación, porque a veces solo se trata de ignorancia, dicho de forma descriptiva, como falta de conocimiento e información y no en forma peyorativa. Esto nos permite discernir que está bien o mal, o mejor dicho, qué nos hace bien o mal a nosotros mismos y a nuestros semejantes.

No se trata de educación formal solamente, sino de educación del orden de lo emocional, que nos brinde las herramientas necesarias para que nuestra mente se abra a nuevas realidades. Insisto, no es necesario adherir, pero sí aceptar las diferencias sin juicios ni resentimientos.

Toxicidad

Estamos llenos de ejemplos de abusos laborales, sociales, personales de los que debemos defendernos, aprender a poner límites, marcar y remarcar el espacio personal, no solo desde lo físico, sino también desde la palabra.

La toxicidad abunda, pero las herramientas para contrarrestarla, o la educación necesaria para hacer que esta disminuya, no. Las diferencias entre los seres humanos son una realidad, venimos de lugares distintos, tenemos diferente género, pensamos distinto, nuestra orientación sexual varía tanto como la raza o las tradiciones.

Diferentes religiones y culturas a veces coinciden, y otras no, en un mismo ambiente. Cuantas menos características compartimos con otros, mayor es la diferencia. ¿Somos conscientes que esta realidad es generalmente fuente de conflictos? A esto es a lo que llamamos cultura.

La cultura organizacional no es un concepto de los libros

Es una realidad social que se manifiesta en los lugares de trabajo, en los colegios, en mi pueblo o en mi país.

Hoy el mundo se hizo más chico, y todos tenemos un compañero o un amigo de otra nacionalidad, de otro partido político, de otra religión. Dentro del consultorio sabemos que cuando atendemos a gente diferente a nosotros, estamos obligados a comprender cómo piensan, cuáles son sus valores, qué creencias traen en su mente, o cómo es la relación con sus padres o sus pueblos.

Hoy estamos mezclados y esa mezcla nos debería hacer mejores extrayendo de cada quien su mejor activo. ¿Cómo vamos a entender qué pasa en nuestra oficina si no somos capaces de bucear en nuestra mente, en nuestras creencias y en nuestros prejuicios, simplemente para saber si son nuestros o heredados?

Generar nuestro propio criterio conlleva un trabajo de análisis personal, eso es, inteligencia emocional. Es decir, ser capaces de revisar eso que traemos del pasado, para lograr convivir y adaptarnos a un mundo que no deja de cambiar. Para entender a nuestros hijos, para trabajar en equipo con otras generaciones, necesitamos evaluar cuál es el parámetro del concepto, por ejemplo, trabajo.

Limitaciones en la asertividad

En la consulta privada existe mucha demanda en cuanto a terapia de pareja, y eso pasa porque la comunicación asertiva no está funcionando; esa comunicación que nos lleva a entender y no suponer el discurso o las actitudes del otro como verdades. Lo vemos en el ambiente laboral, y claramente en la familia.

A veces sucede que no le hablamos a nadie más que a nosotros mismos, a nuestras ideas o a la información que nos fue transmitida desde casa. El otro queda como extraño por momentos, la empatía, la mirada y la escucha quedan sobreentendidas.

Como en todas las cosas, los extremos no son convenientes, ni el exceso de compresión ni la verticalidad; ese trabajo es el que se debe realizar como un micro ejercicio del día a día. Esos comportamientos, gestos o comentarios que a veces minimizan, disminuyen o descartan a una persona y que están fundamentados en prejuicios y sesgos inconscientes, son convenientes de analizar, ya que a veces no los detectamos justamente por tenerlos tan incorporados que no se registran.

Apoyando la diversidad y la inclusión

Para solucionar estas rigideces debemos tener un compromiso legítimo con la inclusión y la diversidad. Promover de esta manera un espacio laboral si se trata de trabajo, donde las personas puedan ser como son y tener oportunidades igualitarias. Entender que el origen de la discriminación proviene del miedo a las diferencias y a perder la propia identidad, este es el punto más importante a tratar, y el más serio.

Entender que cuanta más aceptación, más armonía y paz. El conocimiento y la elaboración de las diferencias nos enriquecen, e insisto, no implican adherencia sino aceptación y respeto.

Pensar en extremos es reflejo de juicios y conductas rígidas

Es conveniente crear términos intermedios para salir de esas disyuntivas. Nuestra mejor herramienta es el diálogo dirigido a lograr un bien común.

El planteamiento consiste en reformular las creencias con las que has llegado hasta aquí, reconocerlas como propias o heredadas. Incluir el hábito de familiarizarte con otras y nuevas ideas, aunque no las compartas, pues el solo hecho de conocerlas abre una nueva perspectiva.

Debemos ofrecer a las nuevas ideas la misma confianza con las que se armaron las viejas creencias, solo que esta vez agregaríamos la contrastación con la realidad. Es decir, que lo que dimos por hecho en los primeros tiempos, donde nuestra mente se formó, hoy esté sujeto a nuestra propia revisión. Con amplitud para escuchar y recibir le agregamos el sentido común de entrar en nuevos universos de conocimiento, afrontando el miedo a cambiar y a replantear acciones del pasado.

Comprender que los humanos nos conducimos en el pasado según el nivel de conciencia en que teníamos nos dará paz y perdón por lo que no hicimos tan bien. Pero conocer, elaborar y resolver críticamente, es crecimiento. Es crear una conciencia colectiva que unifica a la familia, a las organizaciones, y por ende, a la sociedad misma.

Por galuvi

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