El huracán Simón se formó en las cálidas aguas del Pacífico a principios de octubre. Su errática trayectoria nos tuvo al borde de los nervios de jueves a domingo. Fueron cuatro días de incertidumbre para todos.
Muchos de los modelos matemáticos que se corrieron predecían que el huracán llegaría hasta la categoría 5 y que probablemente impactaría las costas de Colima o Jalisco.
Al momento de escribir estas líneas, Simón sigue dando vueltas en el Pacífico. Aquí, en Puerto Vallarta, está lo suficientemente lejos para que podamos respirar un poco más tranquilos, pero lo suficientemente cerca como para no ignorarlo.
Vivir este huracán fue una novedad para mis emociones. Por primera vez sentí miedo y angustia. Me dejé llevar por los nervios y me preparé para lo peor.
Hace apenas un par de años, cuando era reportera de calle, no me habría pasado. Y es que la adrenalina del día a día te atrapa y te mantiene en una esfera que no se rompe por los demás.
Estás atenta y consciente, pero no estás presente. Solo quieres que los demás lo estén. Apenas disminuye el peligro, sales corriendo a la siguiente rueda de prensa para saber qué pasó, qué dicen los expertos y cuándo podremos regresar a la normalidad.
Me sorprendió la actitud de la gente. No veía a nadie preocupado, mientras yo me despertaba cada dos horas para revisar cómo avanzaba el huracán. Preparé mi despensa para la contingencia, me guardé en casa y observé cómo otros seguían haciendo su vida en la calle.
Y al final me dijeron: «¿Ves cómo no pasó nada?».
Pero sí pasó algo. Al menos, algo pasó dentro de mí.
Me descubrí vulnerable, preocupada, asustada. Descubrí que ya no estaba detrás de una cámara, esperando la declaración de un experto para contarles a los demás lo que sucedía. Esta vez era yo quien esperaba, quien revisaba los pronósticos, quien necesitaba saber que todo estaría bien.
Quizá eso también es parte de crecer: entender que conocer los riesgos no nos hace inmunes al miedo, y que haber cubierto muchas emergencias no significa que siempre sepamos cómo vivirlas cuando nos toca estar del otro lado.
Qué difícil es vivir fuera de la burbuja de la adrenalina.
Pero poco a poco aprenderé.
