Crónicas inevitables
‘Fuimos al mar. ¡Qué miedo tuve y qué alegría. Es un enorme animal inquieto. Golpea y sopla, se enfurece, se calma, siempre asusta. Parece que nos mirara desde dentro, desde lo hondo, con muchos ojos, con ojos iguales a los que tenemos en el corazón para mirar de lejos o en la obscuridad’. Fragmento del poema Adán y Eva de Jaime Sabines.
No tuve la oportunidad de conocer el mar cuando era niña y no puede corretear risueña entre las olas. Mi oportunidad llegó en un viaje de trabajo a Puerto Morelos, en Cancún. Recuerdo que intentaba aparentar ser profesional pero no podía mantener el asombro del enorme animal azul turquesa que sonreía.
Recuerdo que no pude dormir, las olas se oían estruendosas, en mi cabeza miles de ideas desfilaban desde catastróficas hasta maravillosas. Me senté en el balcón a mirar esas olas que me hipnotizaban.
De todas las idea, solo una se quedó en mi pensamiento. ‘Sin duda, yo podría vivir en un lugar así’. No lo sabía pero decreté mi futuro. Años más tarde, se me dio la oportunidad de irme a vivir junto al mar y no podía más que agradecer mi buena suerte.
Un compañero de trabajo me dijo que en algún momento me aburriría de ir al mar todos los días al salir de trabajar. Afortunadamente nunca pasó. Al igual que a la Eva de Sabines, en el mar encontré mi hogar.
Si un día era bueno, íbamos a comer a la playa, si había que festejar íbamos al bar frente al mar, si acaso era malo, el mar de noche se llevaba todo el estrés o la tristeza. Al igual que Eva aprendí a vivir con el mar.
‘Yo le quiero decir padre mar. Padre mar, sostenme, engéndrame de nuevo en tu corazón. Hazme incorruptible, receptora del mundo, purificadora a pesar’.
