Por alguna razón egoísta, muchas veces nos cuesta trabajo reconocer cuando un colaborador da lo mejor de sí en función de los objetivos de una organización social, privada o de gobierno.
Pero somos gregarios por naturaleza, no lo podemos evitar. No podemos estar separados por mucho tiempo. De hecho, ahora que estamos en cuarentena, extrañamos el contacto humano, que nos hace sentir vivos, que nos hace sentir queridos
Precisamente, sentirnos queridos es una gran necesidad humana, basada en ese gregarismo, y cuando lo experimentamos solemos ser mejores personas, solemos poner más empeño en nuestras encomiendas, y por lo tanto damos mejores resultados.
La competencia siempre está presente en una organización, el duelo de egos también. Sin embargo, las instituciones y empresas deberían preocuparse por modular esa tendencia humana.
Es verdad que la alta competitividad también redunda en productividad, pero cuando se vuelve tóxica, a la larga, terminará por impactar el bienestar y la salud mental de las personas.
Por ello, no es bueno regatear el reconocimiento individual y colectivo y bien podría ser algo incluso establecido en instrumentos institucionales. Y si dicho reconocimiento, además de ser público y simbólico, se vuelve material, entonces sí que habrá incentivos para hacer crecer, desde el esfuerzo personal y grupal, a la orgnaización.
Vamos por el reconocimiento al talento, que además nos hace mejores. Porque ya se ha dicho en innumerables ocasiones: ninguno es más efectivo de lo que somos todos juntos.
