La primera vez que escuché hablar del cambio climático fue alrededor del año 2000, cuando estudiaba la universidad.
En aquel entonces, las noticias hablaban de ahorrar agua, reciclar y cuidar los glaciares porque, si seguían derritiéndose, el nivel del mar aumentaría.
Sonaba lejano.
Casi como una película de ciencia ficción.
La mayoría pensamos que era un problema para las siguientes generaciones.
Nos equivocamos.
El cambio climático no llegó de golpe. Se fue instalando poco a poco, casi en silencio.
Primero fueron las fotografías que mostraban cómo los glaciares perdían enormes extensiones de hielo en apenas una década. Después vinieron las sequías históricas, las presas vacías, las olas de calor y las lluvias torrenciales que comenzaron a romper cualquier lógica.
Las estaciones dejaron de comportarse como las conocíamos.
Hoy podemos pasar meses con temperaturas sofocantes y, de pronto, vivir días de lluvias intensas que inundan ciudades enteras.
En Puerto Vallarta lo hemos sentido claramente. Lo que antes era una ola de calor de unas cuantas semanas ahora se prolonga durante meses. Y cuando por fin llega la lluvia, muchas veces lo hace con una intensidad que también preocupa.
Como si eso no fuera suficiente, hace unos días investigadores del Instituto de Ciencias de la Atmósfera y Cambio Climático de la UNAM advirtieron sobre la posibilidad de que entre 2026 y 2027 se presente un Súper Niño, uno de los fenómenos de El Niño más intensos de la historia reciente.
Para México, eso podría traducirse en huracanes más fuertes, lluvias extremas en regiones donde antes no eran comunes y sequías más severas en otras partes del país.
La razón es sencilla y, al mismo tiempo, inquietante: el planeta ya se ha calentado 1.46 grados respecto a la era preindustrial y está muy cerca de rebasar el límite de 1.5 grados que durante años se consideró una frontera que no cruzaríamos tan pronto.
Durante mucho tiempo pensamos que el cambio climático era un problema del futuro.
Hoy entendemos que el futuro llegó antes de lo esperado.
Y quizá la pregunta ya no sea qué va a pasar, sino qué estamos dispuestos a hacer para adaptarnos a un planeta que ya cambió.
