Crónicas Inevitables: la violencia que rompió la tranquilidad de Teotihuacan

Hay lugares que uno guarda en la memoria como si fueran intocables.

Para mí, Teotihuacan siempre fue uno de ellos.

Mi familia paterna es originaria de esa zona y buena parte de mi infancia transcurrió entre las historias de la región, las visitas a la zona arqueológica y las caminatas por la Calzada de los Muertos. Durante años, recorrer las pirámides era algo tan natural como visitar la casa de un familiar.

Después dejé de ir. Pasaron más de quince años antes de regresar y fue apenas en enero de este 2026 cuando, acompañada de una prima, volví a caminar entre aquellas piedras milenarias. Volvimos a admirar la Pirámide del Sol, la Pirámide de la Luna y ese silencio tan particular que solo existe en los lugares donde la historia parece seguir respirando.

Por eso la noticia del pasado 20 de abril fue tan difícil de asimilar.

Pensar que un sitio que representa parte de nuestra identidad nacional pudiera convertirse en escenario de un ataque armado parecía algo imposible.

Más allá de los hechos, lo que permanece es la sensación de que incluso los espacios que considerábamos seguros ya no lo son.

Recuerdo que, durante mi visita de enero, algo me llamó la atención. A diferencia de otras zonas arqueológicas como Chichén Itzá, donde los controles de acceso son mucho más estrictos, en Teotihuacan prácticamente nadie revisó nuestras mochilas. En ese momento pensé que era una diferencia de logística; hoy no puedo evitar preguntarme si la seguridad que dábamos por sentada era suficiente.

Tras lo ocurrido, las medidas de vigilancia se reforzaron. Era necesario.

Pero la conversación no debería terminar ahí.

Porque proteger nuestro patrimonio no solo significa conservar sus monumentos. También implica garantizar que quienes los visitan puedan hacerlo con tranquilidad.

Mi familia, que aún vive cerca de Teotihuacan, sigue sin creer lo que ocurrió. Y, como suele pasar, la vida continúa.

Lo que cambia es la manera en que miramos esos lugares.

Hay sitios que deberían recordarnos quiénes fuimos como civilización, no hacernos pensar en la violencia del presente.

Y esa, quizá, es la pérdida más dolorosa.

Por Lourdes Martínez

Egresada de en Ciencias de la Comunicación en la FCPyS de la UNAM, tengo diplomados en transparencia por el ITEI, el Congreso de Jalisco y la UNAM. He sido reportera y jefa de información en medios impresos en Puerto Vallarta, así como coordinadora editorial de medios digitales en la CDMX. Incursioné en la radio como co-conductora y productora de un podcats en Puerto Vallarta. Me especializo en política, elecciones, temas urbanos e historias de vida. Aficionada a la astronomía, la poesía, amor y el mezcal.