Es común la creencia respecto a las palabras como fuente de poder, una fuerza capaz de crear o destruir, de lastimar o curar, y sin embargo, es frecuente lo poco que nos detenemos antes de externarlas.
¿Cuántas veces hemos soltado una maldición, una palabra altisonante, brusca, ruda o hiriente y nos basta con decir “es que así soy yo” o nos contentamos con el cuento de “no es problema mío lo que el otro interprete”?
¿Y si fuera cierto que las palabras fueran un boomerang que regresan a nosotros, inclusive con mayor fuerza? Tal vez cuidaríamos más lo que sale de nuestra boca, no importando quien fuera nuestro receptor.
Hay quien se excusa en demasiada sinceridad o brutal honestidad para descargar palabras sin empatía, con rudeza innecesaria, sin embargo, detrás de esos “sin filtros” hay bastante desconsideración y crueldad. Se dice que lo que sale de nuestra boca habla de lo que habita en nuestro corazón, si esto fuera cierto, ¿qué hay en tu corazón y en tu mente?
Las palabras pueden allanar un camino o empantanar una relación, la manera en la que nos relacionamos con los demás a través de la manera en la que nos expresamos y las palabras que elegimos para referirnos a ellos sí tienen un impacto, un efecto, un resultado, que tarde o temprano se revelará aunque ya ni nos acordemos sobre lo que dijimos.
¿El otro te importa? Cuida tus palabras, siempre, aún en los malos momentos… principalmente en ellos, que no quede en ti.
Y no es el caso decir, casi en modo berrinche, “pues ahora ya no digo nada” o “¡uy! ya no se les puede decir nada porque todo les ofende” , simplemente es buscar mejores formas de decir las cosas, formas que nutran la relación, la fortalezcan y le hagan sentir al otro que es visto, comprendido, atendido, cuidado y respetado. Es buscar que en lo dicho no quepa la crítica, el prejuicio y el señalamiento.
Tampoco es quedarse callado por el miedo de “lastimar” al otro, hay tantas palabras en nuestro idioma que pueden externar lo que necesitamos sin atentar contra la otra persona, sólo es buscarlas.
Porque uno ama a las personas cuidar las palabras, porque uno no las quiere pero tiene una relación cercana y permanente con ellas, de igual forma. Honrar nuestra persona y al otro a través de lo que decimos, siempre será un noble ejercicio que prospere las relaciones y los proyectos.
Sospecho que este dicho de “a las palabras se las lleva el viento” hacía referencia a la importancia de poner por escrito aquello que se decía, cosas de suma importancia que ameritaban que constarán en papel para que no hubiera duda, para que existiera un testigo de lo prometido o de lo pactado.
Sin embargo, no a todas las palabras se las lleva el viento, aquellas que causan una profunda impresión en el corazón, en la mente o en el alma del receptor quedan grabadas para siempre, y tú ¿con qué imprimes las palabras que salen de tu boca y de tu corazón?
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