La superstición se define como ‘una creencia que no tiene fundamento racional; consiste en atribuir carácter mágico o sobrenatural a determinados sucesos’, o ‘en pensar que determinados hechos proporcionan buena o mala suerte’.
Por su parte, Damisch y colaboradores (2010), en un estudio publicado en la revista Psychologial Science, las definen como ‘creencias irracionales según las cuales se considera que un objeto, acción o circunstancia, sin una relación objetiva con una situación vital de la persona, puede influir en ella’.
Las supersticiones tienen mucha historia detrás y deben contextualizarse dentro de cada cultura, tradición e incluso religión de cada lugar.
El hecho de que los humanos siempre hayamos intentado buscar una lógica en aquello que parecía escaparse a ella podría explicar por qué somos supersticiosos.
Además, tenemos una mente animista, que nos lleva a atribuir a los objetos y hechos físicos (a las entidades inanimadas) cualidades biológicas como la vida o psicológicas como la conciencia.
Son varias las razones que explican nuestra superstición. Más allá de lo mencionado, podemos decir que somos supersticiosos también porque:
- Necesitamos tener una sensación de control sobre las situaciones inciertas o impredecibles (tenemos poca tolerancia a la incertidumbre).
- Es más fácil acogernos a una superstición que asumir que hay un componente importante de aleatoriedad en aquello que nos sucede.
- Necesitamos suavizar la sensación de indefensión que tenemos.
Así que, en cierto modo, creer en las supersticiones nos “tranquiliza”. Y es que, no es malo ser supersticioso, puede incluso ser bueno tomarnos con humor estas creencias mágicas que a todos nos han llamado la atención alguna vez.
